NUEVA EDICIÓN
 

LIBRO 4 ÉMEDI
PEREGRINACIÓN


CAPÍTULO I
CARTHACIA

Arturo y sus compañeros estaban frente a las murallas de Carthacia. Aunque al principio consideraron que les vendría bien descansar unas horas, Arturo propuso seguir.
     ―Si nos acercamos, podemos despertar sospechas ―explicó el joven caballero―. Carthacia es una ciudad independiente, pero está llena de gentes que provienen de todas partes y, con seguridad, habrá espías demoniquianos. Es demasiado arriesgado.
     ―Esta ciudad es un gran centro comercial y sus leyes permiten que todo el mundo pueda entrar en ella. La única regla es no cometer actos de guerra en su interior ―añadió Arquimaes―. Su riqueza atrae a mucha gente de lugares lejanos. Es una ciudad extraña. Propongo que entremos; descansaremos y quizá encuentre allí algo que necesito.
     Arturo, obediente, espoleó su caballo, dispuesto a entrar en la gran ciudad. Arquimaes y Drako se disponían a seguirle cuando, inesperadamente, una patrulla de demoniquianos surgió de repente de entre las rocas y se lanzó hacia ellos, aullando como bestias salvajes.
     ―¡Huyamos! ―gritó Arquimaes―. ¡Son demasiados, no podemos enfrentarnos a ellos!
     ―¡Yo sí puedo! ―respondió Arturo empuñando su espada.
     ―Es mejor huir ―insistió Arquimaes―. Recuerda que llevamos a la princesa Alexia con nosotros y no debemos ponerla en peligro. Vayamos a protegernos tras las murallas de Carthacia. Es lo mejor.
     ―Está bien ―aceptó Arturo―. Corred, yo os cubro.
     Azuzaron a los caballos para escapar de aquella trampa a toda velocidad. Drako se situó en la parte trasera del carromato y preparó su arco. Mientras, Arturo se disponía a defender el carro con uñas y dientes. Los demoniquianos lanzaban gritos espeluznantes. Sin duda, esperaban una gran recompensa si los atrapaban y no tendrían ningún reparo en derramar sangre.
     La persecución se hizo más violenta cuando entraron en el camino que enfilaba hacia Carthacia. Los perseguidores galopaban como locos y se acercaban peligrosamente al carromato, que levantaba una gran polvareda.
     Drako se vio obligado a disparar contra un par de guerreros que se acercaron demasiado; Arturo derribó a su primer enemigo de un golpe de espada.
     Uno de los centinelas de la torre de vigilancia de Carthacia observó con preocupación aquel enjambre de hombres armados que se dirigía hacia la puerta de la ciudad. Al principio pensó que el carromato formaba parte del mismo grupo, luego se dio cuenta de que algunos jinetes caían al suelo. Unos, atravesados por las flechas que disparaba Drako; otros, ensartados por la espada de Arturo. También advirtió que los perseguidores arrojaban sus lanzas contra el carromato y contra Arturo. Pronto comprendió que el carro y el caballero huían de sus perseguidores y corrían hacia la ciudad en busca de refugio.

          * * * * * *  

El valle de Ambrosia se había convertido en la tumba de muchos demoniquianos. La lluvia de fuego había sido letal. El general Átila había muerto, y muchos de sus hombres corrieron la misma suerte.      Tránsito consiguió sobrevivir gracias al carro blindado.
     Cuando estuvo a salvo, el monje descendió del carro y lloró de rabia.
     ―¡Te aseguro, Arquimaes, que acabaré contigo! ―bramó, dando patadas al suelo cubierto de cenizas y a los árboles más cercanos―. ¡Nada me impedirá realizar mi venganza!
   

* * * * * *


El centinela agarró inmediatamente el cuerno y dio la alarma haciéndolo sonar con fuerza. Ahora, sus compañeros cerrarían los accesos. Si el carro y el jinete llegaban a tiempo de entrar, mejor para ellos, pero si no lo lograban, se quedarían fuera, a merced de sus perseguidores.
     ―¡Bajad la verja! ¡Levantad el puente! ―ordenó el oficial de guardia apenas comprendió la situación―. ¡Deprisa!
     Arquimaes vio con preocupación cómo el puente de madera empezaba a elevarse. En ese momento, un demoniquiano se acercó demasiado y el sabio le lanzó una daga que le atravesó el cuello, justo cuando Drako disparaba contra otro que estaba a punto de alcanzar los. Los dos jinetes cayeron al suelo produciendo un ruido tan estruendoso que alertó a Arturo y le permitió apartarse en el último momento. Los dos perseguidores no vieron el obstáculo a tiempo, tropezaron con los caídos y dieron con sus huesos en el suelo.
     El puente de madera continuaba subiendo. Si no lograban entrar en la ciudad, caerían en manos enemigas. Y eso significaría su muerte. Arquimaes entendió que debía hacer algo.
     De repente, los soldados que manejaban el torno notaron que les resultaba imposible seguir girándolo.
     ―¡Se ha atascado! ―dijo uno.
     Otro soldado metió el brazo en el engranaje, buscando el motivo que lo inmovilizaba. Por suerte para él, lo sacó rápidamente, justo a tiempo para que no se le quedara atrapado cuando la rueca giró en sentido contrario, haciendo bajar el puente.
     Pocos segundos después, el carromato penetraba en Carthacia dejando atrás a sus perseguidores.
     Entonces, incomprensiblemente, el torno volvió a funcionar sin que nadie lo accionara y el puente se elevó, impidiendo el paso a los demoniquianos, que tuvieron que retirarse.
     ― ¿Quiénes sois? ―preguntó Quilian, un oficial carthaciano, acercándose al carro―. ¿Qué buscáis aquí?
     ―Somos viajeros. Nos dirigimos al norte ―explicó Arquimaes―. El muchacho es mi criado, y el jinete, mi guardián.
     ―¿Cuánto tiempo vais a estar aquí?
     ―Una o dos noches... Seguiremos nuestro camino lo más pronto posible.
     ―¿Por qué os perseguían esos hombres?
     ―Son bandidos. Querían robarnos.
     Quilian se acercó a la parte trasera del carro y miró con desconfianza la caja de madera.
     ―Es mi hija ―explicó Arquimaes, que había descendido―. La  llevamos al cementerio de Ascalón, para enterrarla.
     ―¿No habrá muerto de peste? ―inquirió el oficial.
     ―No, señor. La arrolló un carromato que venía de una cantera. Murió al instante.
     Quilian estaba a punto de pedir que abrieran el ataúd cuando Drako hizo una pregunta.
     ―¿Podéis indicarnos una posada donde alojarnos, señor? Necesitamos reponer fuerzas, y nuestros caballos también.
     El oficial se fijó por primera vez en el escudero y en Arturo, que llevaba la cabeza cubierta con una capucha, de forma que el dibujo adragoniano quedaba oculto.
    ―Al final de esta calle encontraréis lo que buscáis ―explicó Quilian―. Y cuidado con meteros en líos. Tenemos buenas cárceles para los pendencieros.
     ―Perded cuidado, caballero. Somos gente honrada ―aseguró Arquimaes―. Solo quiero enterrar a mi hija en paz.
     El oficial observó con atención a Arturo y no pudo evitar interrogarle.
     ―¿De dónde has sacado esa espada? Desenváinala para que pueda verla bien.
     ―Se la he regalado yo ―dijo Arquimaes―. Forma parte del pago. Se la compré a un armero emediano.
     ―¿Sois emedianos? ―preguntó el oficial―. ¿Habéis estado en la batalla contra Demónicus?
     ―Oh, no, señor. Vivimos en Drácamont, una pequeña aldea situada cerca del castillo de nuestro antiguo señor Benicius, cuyo trono ocupa ahora el nuevo rey Frómodi.
     ―¿Benicius? Sois benicianos... ¿No formaréis parte de ese grupo de campesinos rebeldes?
     ―Os aseguro que no, señor ―insistió Arquimaes―. Solo soy un desconsolado padre que ha perdido a su hija y desea enterrarla dignamente. Me dedico al comercio de telas.
     Quilian les observó con atención antes de añadir:
     ―No me fío de vosotros. Habéis traído a esos hombres hasta las puertas de nuestra ciudad, es un mal augurio. Estaréis bajo vigilancia hasta que os marchéis. Aquí no queremos rebeldes ni traidores.
     De este modo, Arquimaes, Arturo y Drako entraron en la ciudad amurallada de Carthacia bajo estricta vigilancia.


          * * * * * * 

Nárnico dejó la jarra de vino sobre la mesa de la cocina y prestó     atención a los cerdos, que andaban de un lado para otro chillando.
     ―¿Qué les pasa? ―preguntó.
     ―No lo sé ―respondió la cocinera con desinterés―. Llevan así un buen rato.
     Entonces vio a Frómodi sentado en la porquera, llorando bajo la lluvia con la mirada extraviada y una copa de vino en la mano. El btabernero se compadeció del rey y se disponía a coger una capa y salir en su busca, cuando descubrió algo que le horrorizó: el brazo de Frómodi estaba entre la comida de los cerdos, que se acercaban a olerlo. Nárnico salió corriendo y se acercó a Frómodi:
     ―Venid adentro, mi señor; aquí llueve demasiado.
     ―Mi brazo está corrupto. Apesta y ya no sirve para nada – se lamentó el rey―. ¡Es bazofia para los cerdos!
     ―¡Si no entráis, cogeréis una pulmonía!
     ―¡Déjame en paz, tabernero del demonio! ¡Apártate de mí! Nárnico se dio cuenta de que estaba borracho. Frómodi era un hombre destrozado, y el tabernero, aconsejado por su prudencia, se retiró. Frómodi dio el último trago de su copa, deslizó su mano por la mancha negra que le cubría el pecho y, apoyando la cabeza contra la cerca de madera, dejó volar los recuerdos…



          * * * * *

El día en que cumplió doce años, su padre, el conde Idio, fue a su choza en plena noche. Su madre, una mujer de gran belleza a pesar de los años y el trabajo, sirvió unas frutas y encendió el fuego con los últimos leños que quedaban.
     ―Morfidio, eres mi hijo ilegítimo y no puedo reconocerte ―dijo el conde―. Sin embargo, me ocuparé de tu seguridad. Trabajarás en los establos de mi castillo. Eso te ayudará a mantener a tu madre y podrás comer caliente durante el resto de tu vida.
     ―Gracias, padre, os estoy muy agradecido ―respondió el joven Morfidio―. Nunca lo olvidaré.
     ―Pero quiero que sepas que nunca, pase lo que pase, debes tratarme con familiaridad en público. Nunca intentes recordarme que soy tu padre. Nunca te acerques a mí más de lo que lo hacen los demás siervos. Y cuando lo hagas, dirígete a mí con respeto. ¿Lo has entendido?
     ―Sí, mi señor. Nunca os molestaré, jamás os disgustaré y no haré nada que os desagrade. Lo prometo.
     ―Si incumples esta norma, perderás el privilegio de trabajar en mis dominios y os expulsaré a ti y a tu madre de mis tierras. Seréis desterrados sin compasión.
     ―Sí, padre... Sí, mi señor...




CAPÍTULO 2
LOS CONFLICTOS CRECEN
Entro en el despacho de Adela, pero apenas me hace caso. Solo cuando me siento delante de ella deja de escribir en su ordenador y me mira. Es evidente que ha aceptado esta cita con pocas ganas; supongo que debe de pensar que un chaval de catorce años no tiene nada interesante que contar.

     ―Bueno, Arturo, dime qué quieres.
     ―Es algo grave, Adela. Después de pensarlo mucho, he decidido confiar en ti. Además, Patacoja me ha sugerido que lo haga. Él también confía en ti.
     —Vaya, es un honor que ese mendigo te haya enviado a verme ―comenta con ironía―. Me siento muy halagada.
     ―¡Ese hombre me ha salvado la vida! Anoche, dos desconocidos me atacaron en un parque; si no llega a ser por él, ahora estaría muerto.
     —Venga, hombre, no exageres.
     ―Si dos tipos te ponen una capucha en la cabeza y uno le dice al otro que te corte el cuello, me parece que no es precisamente una exageración temer por tu vida ―le respondo un poco irritado―.      Pero si no me vas a hacer caso, es mejor que me marche.
     ―Espera, perdona. Anda, por favor, empieza de nuevo.
     ―Como ya te he dicho, dos hombres se abalanzaron sobre mí, me cubrieron con una capucha y uno le dijo al otro que me cortara el cuello. Entonces, llegó Patacoja y logró que huyeran.
     ―¿Tienes alguna idea de quién pudo ser? ¿Crees que los ladrones a los que asustaste quisieron vengarse? Ya sabes, me refiero a los que entraron disfrazados de camareros y que tú heriste... o se hirieron ellos...
     ―No sé si eran los mismos, no pude verlos ―explico―. Estos querían mi cabeza. Querían llevársela. Lo dijeron bien claro.
     ― ¿Y para qué la querrían?
     ―No lo sé, Adela.
     ―¿Y dices que el mendigo apareció de repente? ¿Crees que estaba con ellos? ¿Quizá todo fue un número montado para engañarte? ―especula.
Espero un poco antes de responder. Está claro que Adela la tiene tomada con Patacoja.
     ― Yo creo que no...
     ―Tienes dudas, ¿verdad? ―dice―. No me extraña. ¡Ese Patacoja es un pájaro de mucho cuidado!
     Se levanta, toma una carpeta y vuelve a su sitio.
     ―He descubierto algunas cosas que te pueden interesar. La policía lo conoce muy bien... A raíz del asalto me han pasado alguna información sobre él.
     ―¿Sospechas de Patacoja?
     ―Tratándose de un asunto tan turbio, la policía sospecha de todo el mundo. Hasta de ti, Arturo.  Aunque estoy segura de que eres inocente, a pesar de que ocultas algo. Mira esto...
     Me muestra algunos documentos que deben de ser oficiales, a juzgar por los membretes.
     ―Son los antecedentes de tu amigo. ¿Sabías que le han detenido varias veces? ¿Sabías que es un chantajista, un atracador y un ladrón? ¿Y que ha sido sorprendido en una empresa en plena noche con intenciones de robar?
     ―No entiendo qué tiene que ver todo eso con lo que me ha ocurrido. Lo del parque...
     ―Todo. Te atacan, él te salva y tú le estás agradecido de por vida, ¿entiendes? Es un viejo truco.
     Su explicación no me convence. Todavía noto la punta de ese cuchillo en mi nuca y recuerdo perfectamente la presión de los brazos de esos tipos... O Adela está equivocada, o yo soy muy ingenuo.
     ―No sé, Adela, pero no comparto tus ideas sobre Patacoja ―respondo―. No creo que él sea así.
     ―El tiempo lo dirá. Ahora, dime: ¿para qué has venido a contarme lo del parque? ¿Qué esperas que haga?
     ―Nada. Solo quería contárselo a alguien.
     ―¿Lo sabe Metáfora?
     ―No, todavía no, pero se lo contaré...
     —Y harás muy bien. Esa chica te quiere, te lo digo yo.
     —Venga, no exageres.
     Me levanto y salgo de su despacho con la extraña sensación de haber perdido el tiempo. Adela es dura como la roca. A veces, parece que no tiene sentimientos.
           * * * * * * *
Metáfora está todavía afectada por lo ocurrido la noche de su cumpleaños. Desde entonces, apenas la he visto. Por eso sé que debo ir con cuidado.
     Desde la puerta de la Fundación, veo cómo me saluda con la mano y cruza la calle hacia aquí. Me pregunto si debo contarle lo del asalto en el parque o es mejor dejarla tranquila hasta que olvide lo de su madre. Mejor dicho, lo de su padre...
     ―Hola, Metáfora.
     ―Hola, Arturo... Oye, me gustaría hablar contigo, a solas.
     ―Si quieres, podemos subir a mi habitación. Ahí nadie nos molestará.
     ―De acuerdo, vamos
     Entramos en el edificio cuando Sombra se acerca.
     ―Feliz cumpleaños, Metáfora ―dice―. Quince, ¿verdad?
     ―Quince, Sombra, quince años ya ―responde.
     ―Te los cambio por los míos.
     ―No, muchas gracias.
     ―Haces muy bien. La juventud es lo mejor de la vida. Hasta luego.
     Nos disponemos a subir las escaleras cuando vemos a Stromber, que se dirige hacia la puerta de entrada a los sótanos.
     ―¡Usted no puede entrar ahí! ―grita Sombra―. Es privado y, aunque sea el administrador de la Fundación, no puede acceder a mis sótanos. ¡Apártese de ahí!
     ―¡A mí no me hable así! ―responde agresivamente el anticuario―. Y no me moleste, monje.
     Sombra se apoya contra la puerta y le cierra el paso.
     ―¡Le digo que aquí no puede entrar! ―exclama.
     ―¿Ah, no?
     Metáfora y yo nos acercamos, decididos a echar una mano a Sombra.
     ―¡Stromber! ¡Déjelo en paz! ―le ordeno―. ¡Usted ya sabe que no puede entrar en esa zona! ¡Apártese!
     ―¡Deje en paz a Sombra! ―grita Metáfora―. ¡Le va a hacer daño!
     ―¡Usted no tiene nada que ver con lo que hay ahí abajo! ―añado―. ¡Es propiedad privada!
     Stromber se gira, me mira despectivamente y, con tono cínico, dice:
     ―¿Estás seguro? ¿De verdad crees que no tengo nada que ver con lo que hay ahí abajo, caballerete espadachín?
     Es evidente que se refiere al duelo a espada que mantuvimos en la gruta. Un duelo en el que él y yo sabemos que me mató de un sablazo.
     ―Todo el mundo está informado de que no tiene ninguna jurisdicción sobre los sótanos ―le aclara Sombra―. ¡Y usted también lo sabe!
     ― Yo sé muchas cosas ―responde Stromber―. Y sé que, tarde o temprano, seré dueño de todo este edificio, de lo que hay arriba y de lo que hay debajo. ¡No os quepa ninguna duda!
     ―Pues hasta que llegue ese momento, usted no se acerque aquí ―gruñe Sombra―. ¡Ni se le ocurra traspasar esta puerta!
     Stromber empieza a retroceder mientras nos mira con rabia, amenazante. Su mirada está llena de odio.
     ―¡Esto no termina aquí! ―advierte―. ¡Esto es el principio!
     Vemos cómo se retira hacia su despacho, arrastrando su pierna derecha.
     Sombra respira aliviado.
     ―Gracias por vuestra ayuda ―dice―. Ese hombre es muy agresivo. Creí que me pasaba por encima.
     ―¿Qué buscaba? ―pregunta Metáfora―. Él sabe que no puede entrar aquí sin permiso.
     —Yo creo que estaba probando ―digo―. Ha hecho un intento para conocer nuestra determinación.
     ―Pues parecía dispuesto a cualquier cosa ―dice Sombra.
     —Y lo conseguirá. Estoy seguro de que esto ha sido un aviso de lo que nos espera ―explico―. Está tramando algo.
     ―Sí, esa impresión tengo yo ―añade Metáfora―. Lo intentará de nuevo.
     ―Soy el único que tiene la llave ―aclara Sombra―. Y desde ahora dormiré con ella bajo la almohada. No le permitiré poner un pie dentro. En fin, volvamos cada uno a lo nuestro e intentemos olvidar el incidente.
     Abre la puerta y accede a la escalera que lleva a los sótanos mientras Metáfora y yo subimos a mi habitación. La verdad es que, a pesar de lo nervioso que me ha puesto este suceso, estoy deseando saber de qué quiere hablar.
     ―Tú dirás.
     ―Es por lo que contó mi madre la noche de mi cumpleaños. Lo de mi padre.
     ―¿Te refieres a que está muerto?
     ―Sí, y a que está enterrado en Férenix. He decidido buscar su tumba. Quiero descubrir todo lo que pasó. Quiero saber todos los de talles. Estoy segura de que mi madre me oculta algo.
     ―Te comprendo bien. También me pasa con mi padre. Estoy convencido de que tampoco me ha contado toda la verdad. Quizá debería darle una buena ración de ese pastel de los monjes de Fer.
     —Yo pensé que habíamos venido a Férenix por casualidad. Mamá me dijo que la habían destinado a esta ciudad y vine convencida de que era algo fortuito. Pero ahora pienso que ella lo manejó todo para estar cerca de papá ―dice, un poco irritada.
     ―¿Estás segura?
     ―Sí. Ya no me cabe duda de que todo esto forma parte de un plan. Estamos aquí por algo.
     ―¿Crees que quiere estar cerca de la tumba de tu padre porque le sigue queriendo?
     ―No lo sé. Desconozco sus motivos. No tengo ni idea. Pero es posible.
     ―Pero ella está pensando en casarse con mi padre. Si sigue enamorada de su anterior marido, debería decírselo, ¿no?
     ―No creo que sea eso. Tengo la impresión de que es algo relacionado conmigo.
     —¿Contigo? ¿Qué tienes tú que ver con la muerte de tu padre? Ella te hizo creer que os había abandonado.
     ―Sí, ya lo sé... Pero las piezas no encajan.
     —¿Y qué piensas hacer?
     ―Primero, localizar la tumba de papá. Después, descubrir los motivos de su muerte. ¿Me ayudarás?
     ―Claro, puedes contar conmigo.
     ―Por cierto, ¿has vuelto a tener esos sueños?
     ―No dejo de soñar. Es todo tan intenso que ahora paso más tiempo en el mundo de los sueños que en este. Pero intento llevar una vida normal.
     ―Cuanto más normal sea todo, mejor.
     La verdad es que tiene razón. Ojalá todo fuese más normal.
     Piii... Piii... Piii...
     Un mensaje de Patacoja:
     ¿Tienes ganas de bajar a Arquimia?