LIBRO 2 ALEXIA
Arturo y sus compañeros divisaron la torre mayor de Ambrosia con mucho esfuerzo. Los abundantes copos de nieve les impedían ver con claridad. La intensa nevada les obligaba a avanzar con tanta dificultad que los caballos estaban al borde de la extenuación, igual que ellos. Parecían muñecos de hielo que se deslizaban con desgana sobre el manto nevado.
La abadía apenas se diferenciaba del paisaje que la rodeaba. Estaba tan integrada en la estepa nevada que daba la impresión de haber nacido con ella. Ambrosia era la abadía más antigua, escondida y solitaria de cualquier reino conocido, y poca gente estaba al corriente de su existencia. Eran tan pocas las personas que acudían a visitarla que nadie sabía exactamente a qué se dedicaban los monjes que la habitaban. Los campesinos de la región se habían olvidado de ella debido a que apenas necesitaban alimentos del exterior, ya que se autoabastecían perfectamente gracias a la espléndida huerta que los monjes cultivaban con esmero. Los monjes copiaban libros y pergaminos por encargo de algunos reyes. Entre ellos se encontraba la reina Émedi, que los recompensaba con generosidad.
Solo algunas caravanas de comerciantes que se atrevían a cruzar las montañas intercambiaban algunos productos necesarios como sal, aceite y algunas simientes. Para los monjes, Ambrosía era un paraíso aislado del mundo. Un paraíso al que poca gente accedía.
Arturo, Alexia y Drako habían oído hablar vagamente de esta abadía, pero únicamente Arquimaes la había visitado. La gente solía pensar que era un lugar imaginario.
―Así que Ambrosía existe ―susurró Arturo―. La leyenda es real.
―Toda las leyendas lo son ―respondió el alquimista― Aquí tienes la prueba. Ambrosia es la más extraordinaria abadía del mundo civilizado, aunque nadie la conozca. Entre sus paredes están los mejores tesoros.
―¿Hay oro? ―preguntó Drako―. ¿Y joyas?
―No, muchacho, libros. Miles de libros caligrafiados por los frailes. Te asombrará descubrir la habilidad que tienen para dibujar letras sobre los pergaminos. Son verdaderos artistas. Sus obras son auténticas joyas. Escriben y dibujan con la misma facilidad.
―Será vuestra tumba ―auguró Alexia―. En ella perderéis la vida. Ahí no hay más que maldad y oscuridad. Los libros son manipuladores y confunden la razón de los hombres. Y estos escribientes alimentan la oscuridad para que unos pocos puedan gobernar.
―Te equivocas ―la corrigió Arquimaes―. Ambrosia es fuente y guadiana.
―Te equivocas ―la corrigió Arquimaes―. Es fuente y guardiana de conocimientos. De ella se nutren los más ilustres personajes de nuestro tiempo. De ahí salen casi todos los textos y libros que ilustran a nuestros sabios. Ambrosia es un manantial de conocimientos.
―¿Libros? ¿Qué es eso? ―preguntó Drako―. ¿Es comida?
―Es comida para la inteligencia ―explicó el sabio―. Es el mejor alimento del mundo.
―Libros llenos de patrañas ―escupió Alexia―. Artilugios que solo sirven para confundir a la gente. Mi padre me ha enseñado a no creer en ellos. Él los conoce bien y sabe que solo contienen falsedades.
―¿Qué tienes contra los libros, Alexia? ―preguntó Arturo―. ¿Por qué los odias tanto?
―Contienen las mayores mentiras del mundo. Están escritos por gente sin escrúpulos que miente, que engaña y que quiere el poder para sí misma. ¡Los libros convierten la mentira en verdad! ¡Por eso son peligrosos! ¡Nublan el pensamiento de la gente sencilla! ¡Son perversos!
¡Odian la hechicería y1a magia!
Arquimaes dejó de discutir y prestó atención al camino que apenas se veía entre 1a nieve. Corrían el peligro de salirse de él y que algún caballo tropezara o cayera en un hoyo y se partiera una pata. Por eso se guió por los postes de madera que señalaban sus límites y que apenas mostraban una pequeña parte, pero suficiente para mantenerse en la senda. Cuando por fin llegaron ante los muros, se encontraron con las puertas cerradas a cal y canto. El viento y la nieve les azotaban el rostro y las manos hasta el punto de que apenas podían sujetar las bridas. A pesar de que tenían las manos y los pies envueltos en paños y pieles. Drako y Arturo, poco habituados a estas bajas temperaturas, empezaban a sentir los primeros síntomas de congelación.
Arquirnae golpeó la puerta de madera con todas sus fuerzas. Sin embargo, a pesar de su empeño, la puerta permaneció cerrada. Seguramente, los encargados de vigilar la entrada estaban calentándose junto a algún fuego y habían abandonado sus obligaciones.
El sabio llegó a la conclusión de que tal vez no le abrirían hasta varias horas más tarde y que, para entonces, ya habrían muerto de frío. Lamentó de nuevo haber hecho el juramento de no volver a utilizar la magia. Sin embargo, sus vidas corrían peligro y necesitaban la ayuda de sus poderes. Observó que sus tres compañeros de viaje estaban paralizados por el frío y tomó una decisión.
Hizo dar media vuelta a su caballo y se separó de la puerta; entonces, levantó los brazos hacia el cielo, invocó fuerzas misteriosas que solo él conocía y les pidió ayuda. Pocos segundos después, la nieve se arremolinó y una poderosa fuerza mágica en forma de viento huracanado se lanzó contra la puerta y la abrió de golpe hacia dentro, rompiendo 1a gruesa traviesa de encina que la mantenía cerrada.
Arquimaes usó sus últimas fuerzas para obligar a los caballos de sus amigos a entrar en el monasterio. Seguidamente descabalgó y entró en una estancia en la que brillaba una luz amarillenta que procedía de una fogata; se encontró de frente con dos monjes que le confundieron con un fantasma, debido a su aspecto blanquecino y a su espectacular aparición.
―¿Quién eres? ―preguntaron a la vez―. ¿Cómo has llegado aquí?
―Me llamo Arquimaes y necesito ayuda.
―Arquimaes murió hace tiempo. Eres una aparición.
―No, creedme. Soy Arquimaes el alquimista ―dijo antes de caer al suelo de rodillas―. ¡Socorrednos!.
Uno de los monjes por fin lo reconoció.
―¡Arquirnaes!... Creíamos que habías muerto. Nos dijeron que tu propia magia había acabado contigo.
―Aún no. Necesito vuestro apoyo... Y mis compañeros también. Socorredlos antes de que mueran ―susurró mientras caía inconsciente al suelo.
Cuando los caballos pisaron la nieve, el conde Morfidio sonrió con satisfacción. Oswald espoleó su montura, se le acercó y le hizo una pregunta:
―¿Estás seguro de que estamos en el buen camino, conde?
―No te quepa duda, Oswald. Sé perfectamente dónde se encuentran.
―Si te equivocas y no rescatamos a Alexia, nuestra vida correrá un gran peligro. Sobre todo la tuya.
―No tengas miedo. Te garantizo que la recuperarás antes de lo que piensas. Ya tendrás tiempo de darme las gracias.
―Ojalá sea así. Si me engañas, Morfidio, juro que te mataré.
―Recuerda que entre nosotros hay una gran diferencia: yo soy un noble, mientras que tú provienes de la escoria.
―Has perdido tus propiedades y tu ejército. Has dejado de ser lo que eras porque nadie cree en ti. Ni siquiera tú mismo ―se burló Oswald―. Lo próximo que puedes perder ya es la vida, lo único que te queda.
Los hombres se cubrieron con mantas y pieles, ya que el frío empezó a azotar sus cuerpos. Los caballos redujeron la marcha a causa de la nieve, y Morfidio decidió que, a partir de ahora, iría siempre detrás del sanguinario Oswald. Acababa de darse cuenta de que su vida real mente corría peligro.
Cuando Arquimaes abrió los ojos se encontró en una oscura y estrecha habitación desangelada, en la que apenas había muebles. Arturo y Drako estaban cerca de la chimenea, frotándose las manos para entrar en calor.
―¿Cuánto tiempo llevamos aquí? ―preguntó el sabio.
―Un día ―respondió Drako―. Has dormido profundamente.
―¿Te encuentras bien? ―preguntó Arturo―. ¿Quieres comer algo?
Aquí hay un poco de pan, queso, vino y fruta.
Arquimaes se incorporó y se acercó a la mesa. Después de observar con atención los alimentos que los frailes habían dejado, cortó un trozo de pan y se lo llevó a la boca.
―¿Qué ha pasado durante este tiempo? ―quiso saber.
―Nos han dejado descansar y nos han dado de comer ―explicó Aturo―. Han dicho que vendrían más tarde para ver cómo estabas.
Arquimaes notó dolor en la espalda y se pasó la mano por ella, pero Arturo le aconsejó que no lo hiciera.
―No te frotes. Te han curado las heridas y te han puesto algunas hierbas y ungüentos para cicatrizar las llaga que aún tienes abiertas. Las torturas de Demónicus te han dejado huella.
―¿Quién me ha curado?
―El hermano Hierba ―respondió Drako―. Es un hombre muy simpático. Te ha cuidado como un padre cuida a su hijo.
Más tarde, después de comer, Arquimaes empezó a sentirse mejor. Se dio cuenta de que su salud empezaba a mejorar. Estaba recuperando sus fuerzas y recobrando el ánimo.
―¿Y Alexia? ―preguntó el sabio―. ¿Qué ha sido de ella?
―La han llevado al edificio de los siervos ―explicó Arturo―. Allí la cuidarán.
―Espero que no se le ocurra escapar ―deseó―. Nos traería problemas. Ojalá no descubran su verdadera identidad. Por aquí no aprecian a su padre.
―Nadie puede salir de aquí ―dijo Drako―. Estamos aislados del mundo. Nadie entra. Nadie sale... Y el que sale no puede sobrevivir en estas montañas.
―Alexia tiene muchos recursos ―advirtió el sabio―. La brujería y la magia pueden ayudarla más de lo que creemos.
―Sus trucos no le servirán de nada ahí fuera ―añadió Drako, convencido de sus palabras―. Sus argucias no le pueden proporcionar alimentos . La magia no siempre funciona.
―¿Ah, no? ―djjo Arquimaes, antes de morder un buen trozo de queso ―. ¿Qué sabes tú de los poderes de la magia?
―Que son falsos―respondió categóricamente el joven―. Más falsos que las palabras de Benicius.
Antes de que el alquimista pudiera responder, alguien golpeó la puerta, pidiendo permiso para entrar. Drako dio un salto y abrió rápidamente.
―Pasa, hermano Hierba ―dijo, apartándose para dejar entrar al monje―. El alquimista ya se ha levantado.
―Espero que te encuentres mejor ―deseó el monje, acercándose a Arquimaes―. Rezamos para que recobre pronto la salud.
―Gracias hermano ―dijo Arquimaes, agradecido―. Me encuentro
mucho mejor. Tus cuidados han surtido efecto, como siempre.
Los dos hombres se fundieron en un abrazo fraternal.
―¿Os conocéis? ―preguntó Arturo, un poco desconcertado.
―Soy su hermano menor ―dijo el hermano Hierba―. Ahora iremos a ver a nuestro hermano mayor, que está deseando verte.
―¿Hermano? ¿Sois hermanos? ―preguntó Drako con incredulidad.
―Desde que nacimos ―respondió Arquimaes―. Somos varios hermanos que buscamos el mismo destino.
―Ellos son monjes y tú eres alquimista y sabio ―dijo Drako ―. No sois iguales y no podéis tener el mismo destino.
―Arquimaes fue monje durante años ―explicó el hermano Hierba―. Hasta que decidió dedicarse a la medicina o a la magia según se mire.
―A la ciencia ―afirmó categórico Arquimaes ―. Me dedico a la ciencia y a la alquimia. Y eso nada tiene que ver con la magia.
El hermano Hierba le miró de reojo, como haciendo un reproche, desvelando que entre los dos hermanos había un poco de resentimiento que procedía del pasado.
―Bajemos a ver a nuestro hermano Tránsito. Está deseando hablar contigo.
―Espero que ya no esté enfadado conmigo―dijo Arquimaes.
―Todavía no te ha perdonado que abandonaras la, orden, pero te quiere. Intenta no discutir con él y todo irá bien.
―Si él no quiere, no habrá problemas.
―Los dos sois unos cabezotas. No permitiré una voz más alta que otra ―advirtió el fraile―. No quiero veros discutir más. Ya habéis tenido bastantes enfrentamientos y habéis estado separados demasiado tiempo. Tenéis que recordar que sois hermanos, y los hermanos no pelean.
Ante de salir de la habitación, Arturo lanzó una mirada hacia las montañas. El cielo estaba cubierto de nubes y se dio cuenta de que se avecinaba una tormenta. ”Tendremos que permanecer una buena temporada aquí», pensó.
Las cosas han empeorado en el instituto. Mercurio se comporta de forma más prudente después de que el director le llamara la atención. Aunque me aluda cordialmente, noto una cierta distancia, y eso me entristece. Tengo la sensación de haber perdido un amigo.
Llevo todo el día aguantando burlas y miradas de los amigos de Horacio. El ambiente se está cargando mucho y noto que me están buscando las cosquillas, aunque hago lo posible por ignorarlos.
―No les hagas acaso ―me pide Metáfora―. Ocúpate de lo tuyo y olvídate de ellos. Te están provocando para que entres en su juego.
―Venga, vale. Te voy a hacer caso, para que luego no digas que no te escucho. Pero esto pinta muy mal. No dejan de desafiarme.
Ahora toca Historia y Sofía, la profesora, nos habla de la construcción de castillos y de los arquitectos que los idearon.
―Los castillos no se construyen solos ―explica―. Costó mucho diseñarlos y mucho más construirlos. Aunque, curiosamente, parece que era más fácil destruirlos.
Proyecta algunas diapositivas y nos muestra varios ejemplos de fortalezas medievales.
―Existió una gran variedad de castillos: desde los que estaban formados por una sólida torre hasta los que se encontraban protegidos por una o dos murallas exteriores. Son la prueba de que en algún momento se vivió una tapa en la que los reyes y noble necesitaban defenderse de lo ataques de los reinos enemigos. Había alianzas y se 1legaron a formar grandes comunidades que se prometían protección en caso de ataque. Cuando un miembro de esa comunidad era atacado, los demás venían en su ayuda. Debéis saber que en Europa existen unos sesenta mil castillo, mejor o peor conservados.
La clase ha sido muy interesante y, sin querer, me ha hecho pensar en mi problema. Si quisiera, casi podría explicar cómo se conquista una fortaleza. Salimos a comer, pero antes de entrar en el comedor doy un paseo por el patio con Metáfora, que quiere hablar conmigo.
―A ver, todavía no me has respondido a la pregunta que te he hecho.
― ¿Qué pregunta?
―Arturo, no te hagas el tonto. Me refiero a lo del dragón, a lo de Jazmín. ¿Qué viste? ¿Qué ocurrió realmente?
―Ya te he dicho que tenía los ojos cerrados. Te aseguro que no sé qué le pasó.
―Tienes que saber algo, tú estabas allí. Tuviste que notar alguna cosa.
―Es que de verdad... yo no puedo decir nada... Quizá vi una sombra que le asustó, yo qué sé... Ya sabes que la gente tiene mucha imaginación.
―¡Venga, venga! Seguro que sabes lo que ocurrió. Yo creo que Jazmín vio algo real que la aterrorizó. He llamado hace un rato para ver cómo estaba y me han dicho que sufre un ataque de ansiedad y que le han tenido que administrar tranquilizantes. Nadie se pone así por una sombra que se mueve.
―Vaya, lo siento por él, lo siento mucho...
―¿Qué pasa ahí? ―pregunta fijándose en un grupo de compañeros que parece muy agitado.
―Estarán haciendo algo...
―Vamos a ver qué ocurre ―ordena Metáfora, mientras se aproxima a ellos.
La sigo y vemos que Horacio y sus amigos están increpando a Cristóbal:
―¡Venga, Cristóbal, ponte de rodillas! ―le ordena.
―¡Ya os he dicho que no lo voy a hacer¡
―Venga, hombre, pero si nos ha contado Mireia que lo haces cuando ella te lo pide.
―¡Eso no es verdad!¡ ¡Yo no soy un perro!
―Oye tú que yo sé muy bien lo que digo ―interviene Mireia―. ¡Te has puesto de rodillas cuando te lo he pedido!
Cristóbal se siente acosado y retrocede un poco. Horacio se envalentona y le empuja. Sus amigos le rodean y forman una muralla que le impide avanzar. Está a punto de llorar.
―Ríndete de una vez, caniche ―le apremia Horacio―, que no te va a pasar nada. ¡Danos una alegría y ponte de rodillas como los perros!
―Eso, y ladra un poco ―dice uno de los acosadores.
Metáfora no aguanta más y se mete de lleno en la riña.
―¡Ya está bien! ¿Qué os habéis creído? ¡Dejadle en paz!
―¿Qué pasa? ¿Es que nunca podemos jugar sin que te entrometas? ―se rebela Horacio―. ¿O es que te crees que porque eres la hija de una profesora puedes molestarnos cada vez que te dé la gana?
―¡No necesito a nadie para defender a mis compañeros! ¡Dejad en paz a Cristóbal de una vez!
―Oye, tú, que solo estamos jugando ―insiste Mireia―. Así que ya te puedes ir por donde has venido. Si me voy, él se viene conmigo¡
―Vamos, Cristóbal ―intervengo―. Ven con nosotros.
―¡Hombre, ha llegado el Príncipe Valiente, el defensor de lo débiles! ―ironiza Horacio―. ¿Estás dispuesto a protegerle con tu vida, Caradragón?
―No me provoques, que estoy empezando a hartarme ―respondo, mostrando un valor del que no dispongo―. ¿Entendido?
Cuando me da un empujón en el hombro me doy cuenta de que no lo ha entendido. Huelo problemas. Además, noto que la cara se me enciende.
―¡Este no se va de aquí sin hacer lo que le hemos ordenado! ―dice categóricamente Horacio―. Así que ya te puedes ir por donde has venido.
―¡No, él se viene conmigo! ―insisto.
―¡Y yo le apoyo! ―añade Metáfora―. ¡Si quieres pelea, la vas a encontrar!
Horacio simula que se retira, pero inmediatamente se gira, alarga el brazo y me lanza un puñetazo del que me libro por poco.
Me revuelvo y, antes de que me ataque de nuevo le doy un empujón que le hace rodar por el suelo. Mireia se acerca para golpearme, pero Metáfora se adelanta, la sujeta del brazo y la aparta. Horacio se ha levantado y lanza su cuerpo musculoso sobre mí y forcejeamos. Vamos de un lado a otro, recibiendo empujones y golpes de lo que nos rodean, que ahora son muchos.
Harto de recibir, empiezo a dar, aunque con muy poco acierto. No me queda otro remedio que lanzar golpes. Horacio, desconcertado por mi reacción, inicia el contraataque y me golpea con fuerza.
Retrocedo y entramos en la zona ajardinada, al otro lado de los setos que marcan los límites del patio. Los que gritan se quedan atrás y nosotros nos vamos acercando a la pequeña arboleda y alejándonos de la vista de los demás, hasta que tengo la impresión de que nos hemos quedado solos. Me extraña que no nos hayan seguido.
―¡Te arrepentirás de esto, Caradragón! ―exclama Horacio, sudoroso―. ¡Vas a ver quién manda aquí!
Nos enzarzamos de nuevo y entablamos un feroz cuerpo a cuerpo. Hasta que, al final, chocamos contra la casa del jardinero.
Noto que a nuestro alrededor se levanta una gran polvareda, que parece provenir del tejadillo... O del muro que se está tambaleando.
Asustados, nos echamos hacia atrás. La casa es muy vieja y nadie, aparte del jardinero, entra en ella. Aquí guarda sus herramientas, y los sacos de abono. De pronto, una parte de la pared se cae y casi nos alcanza.
Pero Horacio no cede. A pesar de que la situación es peligrosa para los dos, quiere que sigamos peleando. Se lanza de nuevo contra mí. Me golpea en el pecho, en la frente y en el resto de la cara con la intención de derribarme. Está furioso y no va a dejar de luchar a menos que...
―¡Ahhhhh! ―grita de repente―. ¡Quita eso de ahí!
Retrocede tapándose la cara con las manos. Sigue gritando como si hubiese visto al mismísimo diablo.
―¡Socorro! ¡Socorro! ―grita a pleno pulmón, mientras se aleja de mí―.¡Socorro! ¡Es un monstruo!
Algunos compañeros se acercan, atraídos por el ruido y los gritos de Horacio, que parece poseído. Da la impresión de que acaba de pasar algo grave, pero no se ve nada fuera de lo normal.
―¿Qué ocurre? ¿Qué te ha hecho? ―pregunta Mireia―. ¿Por qué gritas así?
―¡Es un monstruo! ¡Esa cosa que tiene en la cara me ha atacado! ―exclama―. ¡Creo que me ha mordido!
Mireia se acerca y le observa con atención, pero no encuentra nada sospechoso.
―Horacio, no tienes nada, nadie te ha mordido ―explica suave mente―. ¡Estás alucinando!
―¡Te digo que ese dragón me ha atacado!
Ahora todo el mundo me mira a mí, buscando algo que confirme las palabras de Horacio. Pero nadie ve nada fuera de lo normal. Solo mi cara sucia y algo ensangrentada por los golpes... y el dibujo del dragón que ahora se ha completado y que recubre mi cara. Lo de siempre, lo que les hace tanta gracia.
―Horacio, venga, vámonos de aquí ―propone Mireia―. Vamos a limpiarte.
―Menos mal que no nos dejan entrar en esta zona ―dice un compañero―. Esto es un peligro.
―La casa es una antigualla. Deberían haberla demolido hace tiempo.
―Tendremos que quejarnos ―dice otro mientras se alejan. Metáfora intenta sacarme de allí, ayudada por Cristóbal, que recoge del suelo una de mis zapatillas y mi gorra.
―¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?
―Me encuentro bien, de verdad. Por suerte, estoy entero.
―¿Quieres que te llevemos a la enfermería? ―pregunta Cristóbal. Mercurio, que se ha enterado de lo que ha pasado, llega corriendo.
Está muy nervioso y le noto agobiado.
― ¿Estás bien, Arturo?
―Sí, Mercurio, de verdad... Te juro que no me ha pasado nada.
―No os preocupéis, yo me ocupo de todo... Salid a tomar algo y tranquilizaos... Luego nos vemos.
―¿Por qué no han demolido esa casa antes? ―pregunta Metáfora―. Es un peligro.
―Parece que tenía cierto valor histórico. Había un escudo antiguo y algunas inscripciones grabadas y la Dirección decidió conservarla. La iban a restaurar dentro de poco ―explica Mercurio, desolado por el destrozo.
Estamos tomando un zumo en el Horno de Los Templarios, un bar que está frente al instituto. Es un sitio tranquilo al que venimos mucho y donde nos conocen, por eso me han dejado entrar en el baño y me han prestado una toalla. Con la ayuda de Metáfora intento recuperar la tranquilidad.
―Has luchado con coraje ―comenta Metáfora, mirándome fijamente―. No sabía nada sobre esa afición tuya a las ar tes marciales.
―¿Artes marciales? ¿Bromeas? ¡Yo no sé nada de artes marciales! ¡Es la primera vez que me meto en un lío de estos! ¡Y la última!
―Pues para ser un novato te ha salido bastante bien.
―Es verdad ―añade Cristóbal―. Menudos puñetazos le has arreado.
―Tú, cállate, pequeñajo. Que todo ha sido por tu culpa.
―Lo siento. No quería meterte en problemas.
―Lo que queremos es que no te vuelvas a complicar tú la vida con Horacio. ¿Por qué se estaba metiendo contigo? ―pregunta Metáfora.
―Precisamente por eso, porque Mireia le había contado que me había visto arrodillado... Yo jugaba a buscar cosas en el suelo. Es una afición que tengo...
Metáfora y yo nos miramos, seguros de que quien miente es él. Cristóbal es un renacuajo que sabe más de lo que parece.
―¿ Y has encontrado algo? ―pregunta Metáfora.
―No, nunca encuentro nada.
―Bueno, pues si no nos lo quieres contar, nos vamos ―digo―. Por hoy ya está bien.
―No, esperad. Podéis preguntar lo que queráis.
―¿Sabes algo de esa historia que nos ha contado Mercurio? ―le interrogo.
―Sí, he oído decir que no nos dejan jugar en el jardín porque hay restos históricos que nadie debe tocar ―responde.
― Y ahora lo pensarán con más motivo ―dice Metáfora.
―¿Qué clase de restos? ¿A qué te refieres?
―No sé, pero dicen que hay un montón de piedras, monumentos y cosas así. Dicen que son construcciones medievales que se rompen con mirarlas. Hace tiempo oí decir que están esperando la visita de un arqueólogo para hacer una valoración.
Cristóbal nos explica algunas cosas que yo no conocía sobre el jardín. Está visto que este chico es un águila. A pesar de ser mayor que él, me siento un poco pardillo. Eso de vivir recluido en la Fundación me pasa factura.
―Pero si queréis saber más cosas, solo tenéis que visitar la biblioteca, ahí hay libros que lo explican muy bien. Además, uno de los folletos informativos del instituto hace también referencia al enclave histórico sobre el que está construido.
Nos levantamos y nos acercamos a la barra para pagar las consumiciones, pero Cristóbal se adelanta y paga.
―Es mi manera de daros las gracias por haberme defendido de ese energúmeno. Os lo agradezco, de verdad.
—Venga, no vale la pena. Hemos hecho lo que teníamos que hacer. No nos gusta ver a ese grandullón abusar de uno más pequeño.
—Chaval, soy más grande de lo que parezco. Sé muchas cosas que los demás desconocen. Mi cuerpo abulta poco, pero soy muy poderoso.
―Vaya, ahora muestras tu otra cara.
―Una de mis otras caras... Para que veas que de verdad os estoy agradecido voy a compartir una parte de mi pequeño tesoro con vosotros ―dice, sacando algo del bolsillo―. Esto lo he recogido antes, en el suelo, en el lugar de la pelea. Es un regalo.
Pone en mi mano unas monedas antiguas, cubierta de barro y de polvo.
―Parece auténtica ―dice Metáfora.
―Sí, pero solo los expertos nos podrían decir si realmente lo es. Podemos enseñársela a Stromber, que es anticuario y debe de saber un montón sobre estas cosas ―propongo.
―Sí, o podemos pedir la opinión de un experto en excavaciones ...
―Pasaremos a ver si Patacoja sigue en su puesto de trabajo. Pero luego tendremos que entregarlas al director ―digo.
―Oye, esas monedas las he encontrado yo. Son mías ―responde Cristóbal.
―No, Cristóbal ―le explico―. Pertenecen al patrimonio histórico.
Tienes que entregarlas si no quieres meterte en un lío.
―¿Un lío? ¿Por qué?
―Porque te pueden acusar de robo. Las piezas históricas están bajo la protección del Estado. ¿Entiendes?